El caminante y el muro de Salvador Espriu

El caminante y el muro, de Salvador Espriu  -datado en B., 1951-1953, publicado en primera edición en 1954- está compuesto por cuarenta y cuatro poemas, divididos en tres secciones (de doce, doce y veinte poemas respectivamente) cada una de las cuales cuenta con un epígrafe de carácter programático.

El enunciado de la primera parte es “Las sombras, el río, el sueño perdido”: cada palabra coincide con un aspecto clave de la vida y la obra de Espriu –las sombras son las sombras de la muerte generalizada por la guerra, y la guerra no es más que el río, el río que todo lo arrastra, empezando por el sueño perdido, es decir, la destrucción de toda la sociedad civil catalana y republicana-. Estas realidades giran en torno al recuerdo de la madre y de la infancia abolida.

El segundo epígrafe es “Las canciones de la rueda del tiempo” y por su peso específico se ha convertido, en el curso de los años, en una isla lírica de valores universales y absolutos: los doce poemas reproducen en una rara simetría –puede que aquella espantosa simetría de la que hablaba Blake- el paso litúrgico de las horas, y quizás completan el ciclo horario de los doce poemas iniciales.

El tercer epígrafe es “El Minotauro y Teseo”: sus veinte poemas establecen una compleja dialéctica entre el poder – el monstruo incivil que rige los elementos de la vida cotidiana- y el sentido íntimo de la existencia humana, es decir, la dialéctica establecida entre la política y las supraestructuras  del poder y el entramado que define una identidad plena. Nos encontramos, entonces, con la personalísima revelación de la entraña del autor, para decirlo de alguna manera, conjugada con los saberes milenarios que él conoce a fondo. (…)

El caminante se convierte en peregrino, el camino en un largo viaje. Desde un punto de vista espiritual, el viaje no es una mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que produce. (…)

El verdadero viaje, sin embargo, es evolución y las pruebas iniciáticas no son sino viajes simbólicos que representan una búsqueda que surge de las tinieblas del inconsciente (del vientre de la madre, entonces) hacia la luz. El arquetipo del viaje es la peregrinación al centro, al eje del mundo o bien a la salida del laberinto. (…)

Sobre la simbología del “muro” hay que apreciar  diversos significados que derivan de las diferentes cualidades en las que se fundamentan su sentido: por un lado, el muro –protege-, por el otro, -limita-; encierra un mundo, asegura una defensa y deja vía abierta a la recepción de la influencia celeste.

El muro resulta comunicación cortada, con su doble incidencia psicológica: seguridad y ahogo; defensa y, al mismo tiempo, prisión. (…)

“Yo soy un muro” (8,10) –y por otra parte, esta asimilación tiene otro término de relación: la materia, en oposición al espíritu.

Si hemos hecho este lago excurso ha sido para llegar a esta conclusión, que aclara el proceso seguido por Cusachs al convertir la materia del “muro” en el “camino” o viaje de su ingente creación artística.

R.P. BALASCH

Sant Cugat del Vallès, 1989